Nuevas caperucitas, nuevas adversidades.

Recomendamos / by  nicole.mino / 4 semanas

RESEÑA DEL LIBRO


Había un gigante (2016)

De Jairo Buitrago y Juan Mayorga.
Ediciones El Naranjo

Por Ananda Sibilia.


Una niña, no casualmente vestida de chaqueta y capucha roja, se adentra en el bosque que colinda con la fábrica de la ciudad y encuentra las enormes huellas de un gigante que vive oculto entre los árboles.

El abandono es un tema recurrente en los álbumes de Buitrago, niños que se ven obligados a madurar en contextos socioeconómicos precarios, cuyos padres están ausentes pues han sido atrapados por la voraz maquinaria de la ciudad. En este caso, la protagonista acude todos los días a la metalúrgica donde trabaja su madre, a dejarle el almuerzo. En el camino, junto al bosque, un zorro herido despierta su compasión y las huellas de un gigante (ante las que se siente diminuta) su curiosidad.

¿Dónde queda la imaginación de una niña, sus ganas de jugar o de descubrir, cuando vivimos en una ciudad tapada de contaminación o cuando los adultos tienen jornadas laborales esclavizantes que no les dejan tiempo ni energía para nada?. A la madre de la protagonista parece no importarle que su hija llegue tarde, a diferencia de la mamá de Caperucita, que puede advertirle sobre los peligros del bosque, aquí no hay espacio para ello, no tenemos a una dulce ama de casa que prepara canastitos para la abuela, tenemos a una mujer encargada de sostener a su familia, por completo, en un ambiente hostil.

En el libro álbum “Camino a casa” de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng, los personajes son similares, también nos encontramos con una familia, con una madre derrotada por el peso de la realidad y nuevamente una niña, una joven heroína, que busca revertir la adversidad a través de la imaginación. Tanto allí como en “Había un gigante” la información se nos entrega sutilmente, hay que encontrar las pistas precisas, en las ilustraciones y en lo que no se dice en el texto, para develar el o los sentidos que contienen. En ambos, Buitrago describe con mucha sensibilidad, y va entablando una línea discursiva que se sostiene en textos muy breves y en lo que podemos “leer” de las ilustraciones, que en “Había un gigante” son muy simples, alejadas del gesto preciosista, más bien austeras pero a la vez lúdicas. El discurso que ambos recursos articulan (texto e imagen) de una manera tan fluida, tan aparentemente liviana, nos hace cuestionarnos sobre el sentido del trabajo, la pérdida de la inocencia, el riesgo en el que se encuentra nuestro ecosistema, el poder aplastante del capitalismo.

Todo eso está ahí, hilándose a través de una niña pequeña con capucha roja. Su amistad con el gigante, que es una especie de espíritu bondadoso del bosque, será el detonante que provocará la inflexión en la vida de la niña, el comienzo de un viaje de crecimiento. Y las hojas que caen suavemente sobre ella para avisarle que el gigante está en el bosque, quizás se lo sigan recordando, muchos años después, cuando la ferocidad, que no está en ningún lobo sino en las ciudades y sus formas de operar, la acechen.